Vaya día. Hoy iba leyendo, en el metro, un poco cabreada por todos los desprecios del mundo que me autodirijo, aunque ayer el Sir William Jones de la academia me subió a los Andes la moral. Pensaba en un comentario que me clavaron el otro día con el cual se me acusaba, obviamente, de no aparentar mi edad y no conseguir respeto a la primera por no ir pintada.
¡Por no ir pintada! Total que ejemplifiqué como mi par masculino tampoco va pintado a trabajar y porque se ponga una corbatita en su sitio y un buen traje ya es digno y demás, y yo además de disfrazarme de persona, tendría que pintarme. Intenté mostrar esta injusticia ya que la enseñanza tiene tantos valores transversales que hay que resaltar a las mentes dormidas de los adolescentes. En fin, seguía pensando en cómo nos instalan esto en el cerebro desde la adolescencia hasta que lo consideremos simplemente “vanidad” o “ser coqueto” como me resaltaban y nada más que eso. Intento quererme todos los días, pero no necesito disfrazarme de muñeca de porcelana y menos ahora que estoy que trino.
Entonces entró un señor en el metro, articulaba con voz de mucha heroina y ¿por qué no? de poco pintarse. Pensé por lo que oía que se decantaría por un discursito rompecorazones para pedir unos tristes euros, o que sacaría el acordeón y destrozaría una melodía. Acababa de irse del anterior un trompetita que hizo mismo. En realidad, todos los días te sorprendes para bien y para mal de los artistas del metro. Pero no, este no, ni trompeta, ni acordeón, ni discursito, ni papelito rompecorazones. Sólo dijo:
“Voy a recitar un poema.”
Entonces sí me rompió un corazón, porque esa era la respuesta a todas mis dudas existenciales y aunque lo destrozó, me contestó a todo un agobio que iba alimentando dentro de mí durante estos días de tanto estudiar pedagogia, didáctica, propedeútica y todas esas cosas que, al final, no valen de nada. Por fin, poesía eres tú y toda esa cantidad de tópicos sobre el trabajo que hace la poesía sobre nosotros, como seres humanos, como la música y el arte. Por fin, ejemplificado en este ángel sin techo de la anunciación.
Por x factor, me dijo el hombrecillo “Gracias, de verdad. Me has alegrado el día.” Y mientras se iba por la puerta con su voz más de heroína que de pintarse pensé en por qué narices siempre me quedo helada y no soy capaz de contestar:
“A ti, y tú a mí.”





[...] procurando silenciarse para poder hablar en momentos oportunos y que no me pase lo de hoy y lo de la otra vez: quedarme helada y notar sólo que estoy viva por las ganas de vomitar y la sangre bombeando en la [...]